Más de 100 motivos
Se acompañan, entran en grupo, en pareja. Han sido convocados para escuchar a dos que le cantan al amor, a la vida, al deseo. Jóvenes que pintan canas, viejos que sonríen como jóvenes. Amorosos unos, en plan de conquista otros, se descubren con un mismo gusto musical.
Son las 9 de la noche de un lunes frío de noviembre. Sobre el escenario aparecen Joaquín y Joan Manuel. Irreverente uno, caballeroso el otro. Las primeras palmas, los primeros gritos, los primeros “porque te quiero a ti, porque te quiero” que se imponen sobre el griterío y hacen latir con prisa los corazones. Y es que quién no ha tenido ganas de dejarlo todo y seguir al ser amado; quién no se ha arrepentido y ha apostado por lo seguro en lugar de ponerle un tinte de locura a su vida, al mundo. ¿Quién no ha reprimido al loco sublime que anida en su interior?
¿Hay tiempo para lamentaciones? Si acaso, lo hay para recordar que alguna vez se pudo y se tuvo miedo. Sabina y Serrat juegan, se divierten sobre el escenario. Al verlos, es difícil dudar que no exista la pasión; imposible no concebir a la música, a la poesía, como motivos para desangrarse de a poquito, para fragmentarse por algo, por alguien. Imposible no pensar que el hombre no nació para trabajar, sino para disfrutar de los sentidos.
Son ellos los que invocan aquí, en Puebla, a espíritus de todas las edades para que sepan de Machado, de Chavela Vargas, de José Alfredo Jiménez, de Frida Kahlo. Nombres, a final de cuentas, que ha tomado la pasión para estar entre nosotros, para recordarnos que “hay más de cien motivos para no cortarse de un tajo las venas”.
Serrat, Sabina y nosotros que los escuchamos, que cuidamos cada uno de sus movimientos. Joaquín, casi un mimo, se olvida de las formas y suelta las irreverencias del que sufre, del que ha consumido sus años retando a la vida; Joan Manuel canta y vive de otro modo; parece no sufrir, no haber sufrido; hace de la forma de su canto un matiz de la contemplación.
Las pequeñas cosas, Ruido, Penélope, Por el bulevar de los sueños rotos, Noche de bodas, Esos locos bajitos, 19 días y 500 noches, La fiesta y Pastillas para no soñar.
Y qué importa cómo canten si los necesitamos juntos, para rendir tributo a las formas del amor: al loco amor, al buen amor. Los necesitamos juntos para sentirnos solos, por fin, en la multitud; para tomar con fuerza la mano de quien nos acompaña en esta aventura llamada vida, para recordar al ser amado con la intensidad del latido y perder el miedo al abismo, para saber que “no hay camino, sino estelas en la mar”. Machado y Serrat, Machado y nosotros.
“Las doce, y la una y las dos y las tres”, canto a la vida del que sufre y goza. Voces que se hacen una con la de miles de gargantas que retan a la noche… y al menos por una noche, casi se olvidó “que cada uno es cada cual”: ahí el candidato que busca el gobierno municipal, el rector, el estudiante, el fotógrafo, el ama de casa, el funcionario menor, el vendedor de, el comprador de… ¿Lo inolvidable? Lo inolvidable vino después.
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Texto publicado en noviembre de 2007 y recogido en
http://www.jmserrat.com/foro/viewtopic.php?f=12&t=1125&view=previous
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